Diciembre 20, 2004

La suerte de Arnold

Ibsen Martínez
El Nacional - Lunes 20 de Diciembre de 2004 A/7

El imprescindible Manual del español urgente de la agencia Efe me advierte que el patronímico de los nacidos en Zimbabue es "zimabuo", lo que me habilita para comenzar esta entrega con la noticia de que Arnold Bunya, ciudadano zimabuo de 29 años de edad, pasará la Nochebuena y Año Nuevo en la cárcel por haber "insultado" al presidente de su país, Robert Mugabe.


Bunya viajaba a bordo de un autobús y, al parecer, se enfrascó en una discusión con un hermano suyo, en el curso de la cual se le escuchó decir:
"No seas tan cabeza dura como Mugabe".

El cable de agencia recurre en un primer momento al modo impersonal- "se le escuchó decir"-, pero, apenas un párrafo más abajo, nos revela que quien escuchó a Bunya comparar al cabeza hueca de su hermano con el cabeza hueca del presidente Mugabe fue un agente de la Organización Central de Inteligencia.

La tradición tercermundista - y, en especial, la de las ya no tan nuevas naciones africanasautoriza a pensar que, bajo siglas tan campanudas, lo que hay es una red de chivatos y sicarios reminiscentes de los temibles y omnipresentes "toton-macoutes" que hicieron célebre el Haití de Papa Doc.

El triste despropósito de invocar como correlato de una comparación negativa la figura del presidente, a corta distancia de un policía, en un remoto país africano, ocurrió en un remoto país africano. Pero quizá por eso mismo, la imaginación nacional puede simpatizar sin mucho esfuerzo con la tribulación del infeliz Arnold.

La imaginación, según los filósofos, es el mejor auxiliar de la empatía, sentimiento moral éste que permite compadecer - "padecer con"- y juzgar de las cuitas del prójimo. Un poco de imaginación, y sólo un poco, nos lleva a pensar que, tan pronto se sancione en enero la reforma del Código Penal, viajar en un vagón de Metro o abordar una camionetica sin antes hacerse el propósito de sujetar la lengua a la hora de comentar, digamos, lo sucia que luce Caracas, podemos encontrarnos en situación semejante a la de Arnold Bunya hace pocos días.

Imagínate que vienes conversando con un acompañante, que ambos se suben a una camionetica de la ruta Casalta-Chacaíto, rumbo al centro, y que, en el fragor de la plática, quieres encarecer, por ejemplo, la idea de que hay cosas en la vida que cualquiera las sabe, de tan elementales que son, y entonces, el genio de la lengua te visita y te regala un símil y dices: "Chico, eso lo sabe hasta un tipo como Giordani".

Y lo dices con los estentóreos decibeles, característicos de nuestro deslenguado talante caribe. Adviértase que en mi ejemplo no dices "Eso lo sabe hasta un producto del Cendes, institución tan típicamente inactual, dogmática, palabrera y por completo divorciada de la realidad como es el propio Giordani", sino, simplemente: "Eso lo sabe hasta un tipo como Giordani." En la situación de mi ejemplo, tu acompañante y tú viajan de pie y es hora pico. Por entre el bosque de brazos y manos aferradas al tubo, una mirada recia se clava en tu cara. Cuarenta años de vida democrática no te han predispuesto a la reticencia que un cubano del común aprende desde niño, esto es, a hablar jaraneramente y con mucha zandunga, pero sin decir nada que sustantivamente pueda parecerse a una crítica al régimen, mucho menos a sus oficiantes.

Por eso, sin advertir que eres juzgado por tus palabras, sigues parloteando de esto y de lo otro y, en eso, la camionetica recorta la marcha y tu mirada -y la de todos los pasajeros- se posa casualmente en la figura de un indigente acuclillado en la acera, ante una batería de bolsas de basura abiertas.

El indigente practica una evisceración minuciosa de las bolsas que, para el momento en que esta epifanía de la revolución bonita se ofrece a tus ojos, llevan ya varios días fermentándose a la intemperie. El indigente no es un recogelatas: no está ocupado en la recolección de envases de aluminio reciclables; el indigente está almorzando. Y escoge con parsimonia los trozos de lechosa que no estén muy podridos, los restos de arroz que no hayan fermentado del todo, al tiempo que roe con delectación mondos huececillos de pollo, sorteando, claro está, las partes que estén demasiado agusanadas, etcétera.

Y tú, jodedorcito y sangriento, te permites una sorna, celebrada inmediatamente por algunos pasajeros -sólo algunos, no todos-, acerca de la dieta hipocalórica del comandante Chávez y de los "programas sociales" que tanto enternecen de solidaridad a Ignacio Ramonet, a Rodríguez Zapatero y a esos franceses con cara de "Huevones Sin Fronteras" que últimamente, y en plan de turismo revolucionario, se han sumado a la ecología humana del centro de Caracas.

Quizá dices, después de señalar al indigente con la bemba: "A ese lo bocharon de la misión Vuelvan Caras". De nuevo, sientes la mirada recia del tipo al que tampoco le gustó tu chistecito a costa de Giordani.

En la banda sonora, el corneteo de los vehículos atascados en el tránsito remonta un crescendo que se une a la cacofonía de los altoparlantes que promueven discos pirateados de salsa pesada, vallenato, tecnomerengue, changa, reggaetón y música llanera.

Son días navideños, es el centro de Caracas, es la apoteosis del "comercio informal" y el final del trayecto para la camionetica, cuyo chofer se da por vencido ante lo impracticable de las calles, y tira de la barra del freno con exasperado gesto de "yo más no puedo hacer".

Te bajas y sigues chamullando con tu pana, mientas serpenteas por entre el dédalo de tarantines.

Tu acompañante anda muy preocupado porque el último desempeño de los legisladores chavistas, y el recrudecimiento de la retórica antiyanqui, le hacen pensar que ya es inminente e irreversible la declaratoria de una dictadura socialista del integrismo bolivariano en Venezuela.

Y tú, mundano y mejor enterado, le respondes que no hay nada qué temer, que el mejor aliado de nuestras libertades es la ineptitud y la corrupción rampantes, que esto que vivimos es sólo el grado cero de un populismo socarrón, retóricamente antimperilista pero que, en realidad, hace pingües negocios con la Chevron Texaco. Que para llevarnos al totalitarismo hace falta, por lo menos, un poco de eficiencia y unicidad de propósitos.

Basta mirar en derredor, le dices a tu pana, para tranquilizarte:
"Estos tipos -le informas- no pueden ni recoger la basura ni detener la metástasis buhoneril".

En ese momento, la mano del tipo de la mirada recia cae sobre tu hombro, y te ordenan detenerte, te reclaman que has llamado bruto al doctor Giordani, has blasfemado al hablar de las misiones y del Presidente, y declarado ineptos a dos alcaldes.

Y que eso está penado por la ley y que estás, mi caballo, metido en tremendo peo.

Y todo ocurre en medio de la indiferencia circundante, cuando no con la entusiasta anuencia de eso que un escritor peruano, desencantado de América Latina, llamó alguna vez "la contenta barbarie", que la jerga de la nueva ortodoxia académica llama "excluidos" y que la retórica oficial llama "pueblo soberano".

Diciembre 20, 2004 11:09 AM
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