Diciembre 20, 2004
La suerte de Arnold
Ibsen Martínez
El Nacional - Lunes 20 de Diciembre de 2004 A/7
El imprescindible Manual del español urgente de la agencia Efe me advierte que el patronímico de los nacidos en Zimbabue es "zimabuo", lo que me habilita para comenzar esta entrega con la noticia de que Arnold Bunya, ciudadano zimabuo de 29 años de edad, pasará la Nochebuena y Año Nuevo en la cárcel por haber "insultado" al presidente de su país, Robert Mugabe.
Bunya viajaba a bordo de un autobús y, al parecer, se enfrascó en una discusión con un hermano suyo, en el curso de la cual se le escuchó decir:
"No seas tan cabeza dura como Mugabe".
El cable de agencia recurre en un primer momento al modo impersonal- "se le escuchó decir"-, pero, apenas un párrafo más abajo, nos revela que quien escuchó a Bunya comparar al cabeza hueca de su hermano con el cabeza hueca del presidente Mugabe fue un agente de la Organización Central de Inteligencia.
La tradición tercermundista - y, en especial, la de las ya no tan nuevas naciones africanasautoriza a pensar que, bajo siglas tan campanudas, lo que hay es una red de chivatos y sicarios reminiscentes de los temibles y omnipresentes "toton-macoutes" que hicieron célebre el Haití de Papa Doc.
El triste despropósito de invocar como correlato de una comparación negativa la figura del presidente, a corta distancia de un policía, en un remoto país africano, ocurrió en un remoto país africano. Pero quizá por eso mismo, la imaginación nacional puede simpatizar sin mucho esfuerzo con la tribulación del infeliz Arnold.
La imaginación, según los filósofos, es el mejor auxiliar de la empatía, sentimiento moral éste que permite compadecer - "padecer con"- y juzgar de las cuitas del prójimo. Un poco de imaginación, y sólo un poco, nos lleva a pensar que, tan pronto se sancione en enero la reforma del Código Penal, viajar en un vagón de Metro o abordar una camionetica sin antes hacerse el propósito de sujetar la lengua a la hora de comentar, digamos, lo sucia que luce Caracas, podemos encontrarnos en situación semejante a la de Arnold Bunya hace pocos días.
Imagínate que vienes conversando con un acompañante, que ambos se suben a una camionetica de la ruta Casalta-Chacaíto, rumbo al centro, y que, en el fragor de la plática, quieres encarecer, por ejemplo, la idea de que hay cosas en la vida que cualquiera las sabe, de tan elementales que son, y entonces, el genio de la lengua te visita y te regala un símil y dices: "Chico, eso lo sabe hasta un tipo como Giordani".
Y lo dices con los estentóreos decibeles, característicos de nuestro deslenguado talante caribe. Adviértase que en mi ejemplo no dices "Eso lo sabe hasta un producto del Cendes, institución tan típicamente inactual, dogmática, palabrera y por completo divorciada de la realidad como es el propio Giordani", sino, simplemente: "Eso lo sabe hasta un tipo como Giordani." En la situación de mi ejemplo, tu acompañante y tú viajan de pie y es hora pico. Por entre el bosque de brazos y manos aferradas al tubo, una mirada recia se clava en tu cara. Cuarenta años de vida democrática no te han predispuesto a la reticencia que un cubano del común aprende desde niño, esto es, a hablar jaraneramente y con mucha zandunga, pero sin decir nada que sustantivamente pueda parecerse a una crítica al régimen, mucho menos a sus oficiantes.
Por eso, sin advertir que eres juzgado por tus palabras, sigues parloteando de esto y de lo otro y, en eso, la camionetica recorta la marcha y tu mirada -y la de todos los pasajeros- se posa casualmente en la figura de un indigente acuclillado en la acera, ante una batería de bolsas de basura abiertas.
El indigente practica una evisceración minuciosa de las bolsas que, para el momento en que esta epifanía de la revolución bonita se ofrece a tus ojos, llevan ya varios días fermentándose a la intemperie. El indigente no es un recogelatas: no está ocupado en la recolección de envases de aluminio reciclables; el indigente está almorzando. Y escoge con parsimonia los trozos de lechosa que no estén muy podridos, los restos de arroz que no hayan fermentado del todo, al tiempo que roe con delectación mondos huececillos de pollo, sorteando, claro está, las partes que estén demasiado agusanadas, etcétera.
Y tú, jodedorcito y sangriento, te permites una sorna, celebrada inmediatamente por algunos pasajeros -sólo algunos, no todos-, acerca de la dieta hipocalórica del comandante Chávez y de los "programas sociales" que tanto enternecen de solidaridad a Ignacio Ramonet, a Rodríguez Zapatero y a esos franceses con cara de "Huevones Sin Fronteras" que últimamente, y en plan de turismo revolucionario, se han sumado a la ecología humana del centro de Caracas.
Quizá dices, después de señalar al indigente con la bemba: "A ese lo bocharon de la misión Vuelvan Caras". De nuevo, sientes la mirada recia del tipo al que tampoco le gustó tu chistecito a costa de Giordani.
En la banda sonora, el corneteo de los vehículos atascados en el tránsito remonta un crescendo que se une a la cacofonía de los altoparlantes que promueven discos pirateados de salsa pesada, vallenato, tecnomerengue, changa, reggaetón y música llanera.
Son días navideños, es el centro de Caracas, es la apoteosis del "comercio informal" y el final del trayecto para la camionetica, cuyo chofer se da por vencido ante lo impracticable de las calles, y tira de la barra del freno con exasperado gesto de "yo más no puedo hacer".
Te bajas y sigues chamullando con tu pana, mientas serpenteas por entre el dédalo de tarantines.
Tu acompañante anda muy preocupado porque el último desempeño de los legisladores chavistas, y el recrudecimiento de la retórica antiyanqui, le hacen pensar que ya es inminente e irreversible la declaratoria de una dictadura socialista del integrismo bolivariano en Venezuela.
Y tú, mundano y mejor enterado, le respondes que no hay nada qué temer, que el mejor aliado de nuestras libertades es la ineptitud y la corrupción rampantes, que esto que vivimos es sólo el grado cero de un populismo socarrón, retóricamente antimperilista pero que, en realidad, hace pingües negocios con la Chevron Texaco. Que para llevarnos al totalitarismo hace falta, por lo menos, un poco de eficiencia y unicidad de propósitos.
Basta mirar en derredor, le dices a tu pana, para tranquilizarte:
"Estos tipos -le informas- no pueden ni recoger la basura ni detener la metástasis buhoneril".
En ese momento, la mano del tipo de la mirada recia cae sobre tu hombro, y te ordenan detenerte, te reclaman que has llamado bruto al doctor Giordani, has blasfemado al hablar de las misiones y del Presidente, y declarado ineptos a dos alcaldes.
Y que eso está penado por la ley y que estás, mi caballo, metido en tremendo peo.
Y todo ocurre en medio de la indiferencia circundante, cuando no con la entusiasta anuencia de eso que un escritor peruano, desencantado de América Latina, llamó alguna vez "la contenta barbarie", que la jerga de la nueva ortodoxia académica llama "excluidos" y que la retórica oficial llama "pueblo soberano".
Diciembre 10, 2004
He Reflexionado

HE REFLEXIONADO
Laureano Márquez Perrault
TalCual, 10 de Diciembre de 2004.
Fue hace un par de días, quizá, cuando al hacer eso que Carlos Andrés denominaba una introspección retrospectiva, recapacité de los juicios políticos que he formulado a través de estas páginas editoriales de Tal Cual. Estaba yo en un error y lo reconozco. Abjuro incluso del libro que bautizaremos el próximo miércoles y que lleva por título El código bochinche y que me veo obligado a bautizar únicamente por las presiones que, usando el contrato, hace la editorial Alfadil.
Un gobierno que ha dado grandes muestras de solidaridad con los menos favorecidos, de honestidad administrativa y una clara intención de diálogo, que si ha sido rechazada recurrente y sistemáticamente por la oposición, es por su escasa capacidad para percibir lo justo, por una parte, y su claro espíritu golpista y fascista, por la otra, merece, a no dudarlo, la confianza que le habíamos negado.
El desarrollo endógeno muestra una visión clara del país y de sus posibilidades. Aquí podemos hacer grandes cosas con nuestros propios recursos. ¿Por qué la burlita a los gallineros verticales? Digan con honestidad, ¿Qué tiene de malo la perinola como regalo de Niño Jesús?
Rara vez uno cambia sus puntos de vista políticos, pero errar es de humanos y admitir los errores dignifica. Yo estaba equivocado, este es un gran gobierno. Sé que lo reconozco tarde, pero más vale tarde que nunca, como dijo Simón Rodríguez.
Ah, les digo una cosa, porque ya me imagino a más de uno murmurando: No hago esto ni por cargos, ni por prebendas. A las autoridades: no ando buscado ventajas de ningún tipo. Aunque sé que está de más que lo diga, porque no es el estilo del gobierno
Cónchale, ¿no podemos dejar gobernar al presidente?, ¿debemos andar pidiendo su renuncia por todos lados? ¿Ustedes no creen que eso le amarga la vida a cualquiera y exige regulaciones que protejan a los funcionarios de tanta ignominia?
Reflexionen como lo he hecho yo.
Hoy el presidente esta de viaje, pero volverá y debe encontrarnos unidos como un solo hombre, apoyando su gestión, respaldando las transformaciones. Vamos a darle esa sorpresa.
Aveces es ceguera, presidente, pero la claridad siempre puede llegar, como me ha llegado a mí, que era un escuálido como muchos de los que me leen. Yo llegué incluso a manifestar, participé en marchas, escribí artículos para este periódico, y, lo peor de todo: cambiaba de canal a la TV por cable cada vez que venía una cadena. Yo llegué a esos extremos, hermanos.
Verdad y mentira son conceptos complicados, lo reconozco, pero yo estaba engañado. Yo veía Globovisión día y noche. Yo te leía El Nacional, pero me he ido dando cuenta de la estrategia de los medios.
En fin, amigos, que, seguramente a partir de hoy se volverán en mi contra, nunca es tarde para pensar, para rectificar. Sabemos que lo está haciendo bien, que hay avance, ¿cuál es la mala nota de negarlo?
Zapata es un gran caricaturista y confío en que siga siendo mi amigo personal, pero Zapata debe meditar. Yo no sé cuanto le están pagando, pero sé que debe y puede volver a la lucidez como lo hice yo. Y con este exhorto a su persona me despido.
Diciembre 07, 2004
Diciembre 02, 2004
“Lo matamos como un perro”
CON ACENTO
“Lo matamos como un perro”
Milagros Socorro
Dos horribles certezas se cernieron sobre Venezuela en cuanto se supo del asesinato del fiscal Danilo Anderson: nunca sabremos qué pasó –o tardaremos mucho en hacerlo–; y este crimen va a desatar una ola de hechos sangrientos, represión y abusos de poder. Las dos nefastas intuiciones han venido confirmándose en la realidad, con un agravante no menos aterrador y es que la sociedad se encuentra completamente escéptica ante todos los factores y voceros. “No le creo a nadie”, es lo que escuchamos con mayor frecuencia.
Pero hay una voz que debe gozar de credibilidad. La de las víctimas, que no tienen más interés que el esclarecimiento de los sucesos que los tienen en la postración física o en el abatimiento moral. Yo le creí a Haydée Castillo cuando me dijo, en entrevista realizada para este diario, en su casa de Oripoto, que un funcionario de PTJ (seguimos diciendo PTJ aún cuando la sigla que denomina a este cuerpo policial cambió por una que evidentemente no logramos retener) le dijo a ella, el martes, a pocas horas de producirse el asesinato de Antonio López Castillo en la vía pública: “A su hijo lo matamos como un perro”.
Por espantoso que resulte, yo le creo. Estoy convencida de que Haydée Castillo dice la verdad, que un funcionario del Estado venezolano, miembro de un grupo que ingresó en su casa a hacer un allanamiento ilegal –por carecer de la imprescindible orden ejecutada por un juez– la miró a los ojos y se jactó de haber acabado con la vida de su hijo como si fuera una bestia sin derechos y sin humanidad. También suscribo las palabras del padre de Juan Carlos Sánchez cuando dice que si su hijo era sospechoso de algún delito no tenían por qué coserlo a balazos sino someterlo a un interrogatorio.
A las víctimas les creo, absolutamente, sin reservas. Creo, por tanto, que hay un victimario, un verdugo, una mano implacable cuyas acciones están al margen de la polarización, de la pugna política o ideológica –si la hubiera– y que actúa estrictamente en el plano criminal. Esa convicción hiende la incredulidad en las instituciones y en las personalidades que las representan como la quilla de un buque se incrusta en la tiniebla. Podemos descreer de todo, menos del clamor de las víctimas de los crímenes. Y si estas víctimas existen, hay criminales. Criminales a secas, no operadores políticos, ni defensores de la revolución, ni representantes del pueblo excluido.
Se llaman “asesinos” y debemos señalarlos, más si atacan convirtiendo el Estado en sus guaridas.
EN LA NOCHE DOMINGO PASADO, 28 DE NOVIEMBRE, EL PRESIDENTE DE CHILE, RICARDO LAGOS, SE DIRIGIÓ A SU PAÍS en –breve, sobria, responsable y convincente– cadena nacional, que retransmitió CNN, a través de cuya señal pude verla, para dar a conocer el informe elaborado por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura a partir de los testimonios de más de 35 mil chilenos que fueron detenidos y sometidos a apremios ilegítimos luego del 11 de septiembre de 1973, cuando se produjo el golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador Allende.
En su alocución, el presidente Lagos dijo que el informe, una experiencia sin precedentes en el mundo, había sido capaz de entrar a una dimensión oscura de la vida nacional chilena, “a un abismo profundo de sufrimientos y de tormentos”, porque los hizo mirar “de frente una realidad insoslayable: la prisión política y las torturas constituyeron una práctica institucional de Estado que es absolutamente inaceptable y ajena a la tradición histórica de Chile.” ¿Cómo explicar tanto horror? –se preguntó Lagos–. ¿Qué pudo producir conductas humanas como las que allí aparecen? “No tengo respuesta frente a ello”. El informe, desde luego, no se proponía una disección del alma criminal, sino “descorrer el velo de la tortura, de la humillación, de la violación física y psicológica”. Y eso, al menos, lo han logrado. Porque no se trataba sólo de horrores cometidos hace 31 años, sino de “reconocer el desvarío, la pérdida del rumbo que hizo que las instituciones armadas y el Estado se apartaran de su tradición histórica, de sus propias doctrinas que las vieron nacer y desarrollarse”, para construir, a partir de la verdad, un futuro de unidad y tolerancia. Con ese reconocimiento de la responsabilidad del Estado en las torturas y detenciones ilegales de miles de chilenos, el Gobierno destinará cerca de 60 millones anuales en costear las reparaciones económicas asignadas a las víctimas.
EL INFORME AL QUE SE REFIRIÓ EL PRESIDENTE LAGOS –QUE ESTÁ DISPONIBLE EN INTERNET– desacredita la tesis de la existencia de una guerra interna como argumento para justificar la aplicación de tormentos durante el régimen militar. Y establece que “las Fuerzas Armadas y de Orden lograron el control del país en el curso del mismo día del golpe, sin sufrir mayores contratiempos en ninguna parte”.
Entre las alusiones más impactantes del informe –que formula severas críticas al comportamiento de otras instituciones al margen de los aparatos de seguridad del Estado– se encuentra una descarnada acusación al papel de la Justicia, y particularmente de la Corte Suprema, a la que señala de abdicación de su facultad para controlar y vigilar a los tribunales militares en tiempos de guerra. “La Corte Suprema se desentendió de faltas y abusos cometidos por los tribunales militares, no sólo en su funcionamiento, sino también en sus resoluciones”.
El texto habla de connivencia entre las máximas autoridades del Poder Judicial con los militares, y acusa a los máximos jueces de esa época no sólo de ignorar los abusos, sino incluso de restarles validez a las acusaciones sobre las violaciones a los derechos humanos. Dice el informe:... ” la indefensión de la ciudadanía, responsabilidad de un Poder Judicial que amparó las sistemáticas violaciones a los derechos humanos por agentes del Estado o personas a su servicio, debe ser ante todo imputada a los ministros de la Corte Suprema, cuya conducta marca el rumbo de los jueces inferiores”.
En la parte dedicada a los efectos de los abusos en las víctimas, el informe establece que “para la mayoría de las víctimas que fueron objeto de represión, el primer impacto fue descubrir que la agresión, la tortura y el riesgo de muerte provenían de los agentes del Estado”.
Bajo ese impacto se encuentran las víctimas de los abusos cometidos en estos tiempos por el Estado venezolano, –incluido el fiscal Anderson y sus familiares, puesto que el esclarecimiento de su asesinato es función del Estado– que se concentran en la frase escupida a la cara de Haydée Castillo por un funcionario que a esta hora debería estar preso por ingreso ilegítimo a su morada, ya que al parecer no es imputable por haber matado a un ciudadano como un animal, tal como reconoció haber hecho frente a la madre del muerto.
Es posible que tengamos que esperar varias décadas para saber la verdad, enjuiciar a los culpables y reparar de alguna manera a las víctimas. En el doloroso presente, conviene quitar el polvo del cristal de la brújula para no perderse en el laberinto de la confusión y la pérdida de credibilidad: mientras los máximos jueces se zafan de su deber, el país está siendo brutalizado por delincuentes que acechan amparados por un carnet con los sellos de la República. De eso tampoco albergo dudas.
“No lloro porque me sostiene la indignación”
HAYDÉE CASTILLO confía en que algún día se sabrá la verdad
“No lloro porque me sostiene la indignación”
A pocos días de la muerte de su hijo, el abogado Antonio López Castillo, en un supuesto enfrentamiento con la policía, la ex senadora y ex ministra no da tregua a su duelo y recibe a la prensa en la idea de que los medios son en la actualidad su única protección. “Y la única esperanza de que se sepa por qué mi hijo está muerto”
MILAGROS SOCORRO
ENTREVISTA
— Trate de decirme cómo se siente.
— Es difícil decirlo. Le diré lo que soy, una madre a quien le han matado su hijo mayor, que además de eso ha sido atropellada en su propio hogar y ha sido víctima de malos tratos, no precisamente físicos, pero sí todos los que fuera de estos quepa imaginar a unos seres humanos. Nos violaron nuestros derechos y eso, sumado al gran dolor de la muerte de mi hijo, me ha producido una profunda indignación porque a mi dolor personal se agrega el hecho de que en Venezuela, y en pleno siglo XXI, ocurran esas cosas impunemente.
— ¿Por qué cree que ocurrió esto? ¿Qué conexión tenía su hijo con el asesinato del fiscal Anderson?
— No tengo la menor idea. La única información que tengo es la que voy leyendo en los periódicos.
Todavía nosotros no sabemos cómo murió nuestro hijo, si realmente hubo un enfrentamiento con funcionarios de policía, vestidos e identificados como tal, si fue otro tipo de enfrentamiento o si fue un asesinato a sangre fría. Todavía no lo sabemos.
Lo único que nos han dicho las personas que reconocieron el cadáver de mi hijo, familiares y nuestro abogado, es que tenía 18 tiros, entre ellos uno de gracia aquí (se toca un punto debajo de la barbilla) con marcas de tatuaje de pólvora... y más nada. Nadie nos ha dado una versión completa u oficial de lo que pasó. ¿Quién lo mató? ¿Por qué murió? No tenemos respuesta. Nos imaginamos que con nuestro hijo pasó lo mismo que pasó con nosotros; y es que aquí vino una gente que nadie sabía quiénes eran, porque algunos estaban encapuchados, ni a qué cuerpos policiales pertenecían, porque algunos no se identificaron. Yo todavía no sé por qué murió mi hijo.
— ¿Cómo y cuándo se enteran de que su hijo ha muerto?
— Después de que ya tenían una media hora aquí y nos habían confinado al recibo, porque no nos dejaban mover ni hacer llamadas telefónicas o recibirlas, llegó un señor vestido de civil que dijo ser fiscal del Ministerio Público y que venía a hacer un allanamiento con una orden emitida telefónicamente.
Como nosotros teníamos media hora preguntando qué pasaba y nadie nos respondía, le hicimos la misma pregunta a él. Y nos dijo: “Su hijo está muerto y está en la morgue”.
Esa fue la primera noticia que tuvimos, cerca de las 2:00 de la tarde. No pudimos hacer nada. Nos tenían retenidos en el recibo, viéndolos entrar y salir, pasar de un lado a otro, revisar la casa, tumbar todo.
Nosotros no los veíamos, sólo escuchábamos los ruidos.
— Pero ante una revelación de esa magnitud, ¿ustedes qué hicieron?
— A mi esposo, que es cardíaco, le dio una especie de ataque. Al ver esto, nos permitieron llamar al cardiólogo y éste recetó un medicamento, que ellos fueron a comprar.
Uno de ellos me acompañó hasta nuestro cuarto a buscar el dinero para comprar la medicina.
— ¿Habían notado ustedes algún movimiento extraño o diferente de lo habitual en los días precedentes?
— Nada. El martes en la mañana, cuando lo mataron, se despertó a la hora de siempre, comió algo y se fue para la oficina. Le pregunté qué era esa pulsera de tela amarilla que llevaba y me dijo: “Esa es la de Armstrong” o algo así, “después te cuento”.
Fue la última vez que lo vi. Pero todo esto es intrascendente. Si él era sospechoso de algo, lo cierto es que había salido de su casa y se dirigía a la oficina. Era su rutina normal.
Luego, ha podido ser detenido en su casa o en su oficina. Esto es lo fundamental.
En el supuesto negado de que él hubiera estado relacionado de alguna forma con los hechos que rodean el caso, ¿eso era justificación para matarlo? Cuando yo propuse la pena de muerte en el Senado, todo el mundo me cayó encima, empezando por algunos que están ahora en el Gobierno. ¿Entonces?
¿Era auténtica su oposición a la muerte? ¿Qué es lo que están aplicando ahora? Lo que yo proponía era la pena capital para delitos horribles, tras un juicio con todas las apelaciones necesarias, hasta la Corte Suprema de Justicia, que ofreciera todas las garantías posibles de que no se iba a cometer un gravísimo error, para evitar, justamente, lo que pasó con mi hijo, que la policía se volviera juez y verdugo. Eso encontró muchas reservas y no se aprobó nunca. Muy bien. ¿Y qué es lo estamos viviendo ahora? ¿Qué pasó con mi hijo? Lo mataron por ser sospechoso... ¿sospechoso de qué? ¿porque se parecía a alguien, como se ha dicho? ¿Y ése es un delito que merezca la pena de muerte?
Por cierto que en estos días, en la sala de espera de la clínica, vimos una foto de espaldas del general con quien dicen que fue confundido nuestro hijo, y la verdad es que el parecido es grande. Usted me preguntó cómo me sentía. Me siento como una de tantas madres venezolanas a quienes les matan a sus hijos y se quedan sin saber por qué ni cómo. No puedo decirle más. Eso sólo lo sabemos las mujeres que hemos pasado por esto.
— ¿Ustedes han emprendido acciones legales para que se aclare lo que sucedió?
— No hemos tenido tiempo. Primero estuvimos detenidos y, cuando salimos, fuimos a enterrar a nuestro hijo. Pero ahora que tenemos tiempo, ¿a quién le vamos a exigir justicia? Los mismos que admiten haberlo matado, porque a mí me dijo un PTJ, aquí en mi casa, “a su hijo lo matamos como un perro” –y el “matamos” quiere decir él y su gente- son los que están investigando su muerte. ¡Por Dios! Qué explicación voy a esperar yo de los responsables de lo que ocurrió con mi hijo. Qué justicia voy a esperar.
— ¿Tenía la cara descubierta este funcionario?
— Sí, pero no sé quién es. Jamás lo había visto y espero no volver a verlo nunca en mi vida.
— Usted le vio los ojos a ese hombre, ¿por qué cree que le dijo eso?
— Los seres humanos normales no podemos entender eso. Yo espero y, de verdad, confío, que a su madre jamás nadie vaya a decirle eso. Cómo puedo responderle.
Creo que se trata de una perversión, quería hacerme ver que ellos son muy fuertes y que pueden hacer lo que les da la gana en este país con la vida y honra de todo el mundo. Usted no sabe las veces que he recordado ese momento. Y, claro, me horroriza porque estaba hablando de mi hijo pero también porque esa crueldad, esa perversión, me hace ver que aquí no vamos a tener justicia ni investigaciones transparentes.
— ¿Han pensado concurrir a instancias internacionales?
— No hemos tenido tiempo de pensar. Ni siquiera de terminar de recoger esta casa, que la dejaron hecha un desastre. No hemos tenido tiempo sino de enterrar a nuestro hijo y de acudir por primera vez al tribunal, porque estamos en régimen de presentación.
—¿Pidieron un examen del cuerpo de su hijo? Uno que resulte confiable para ustedes.
— No lo hemos hecho pero lo vamos a hacer. No hemos visto la autopsia porque nadie nos ha entregado una copia de la autopsia que hizo el Gobierno. El carro tampoco lo hemos visto. Estamos esperando explicaciones que no nos va a dar nadie, y recibiendo la solidaridad de la gente, que es lo único confortante y muy consolador.
Pero creemos que algún día se sabrá la verdad. Es cuestión de tiempo. Todo sale. Claro, me gustaría saberlo lo más pronto posible para no seguir en esta perplejidad y esta angustia en que estamos.
Desde luego, alguien sabe qué fue lo que pasó.
— En esas horas que estuvieron detenidos, esperando al juez, ¿no escucharon nada?
— Nada que no fuera palabras de solidaridad de la gente. Incluso los presos con los que compartimos esas dos noches de detención fueron amabilísimos con nosotros desde el momento en que se enteraron por qué estábamos allí, que es lo primero que te preguntan cuando entras a un calabozo. Fue impresionante la delicadeza del trato que aquellos presos tuvieron con nosotros. Yo estaba en la celda de mujeres y una de ellas me prestó un vestido, que me dio doblado, para que apoyara la cabeza. Era un calabozo horrendo, que los policías cierran de noche dejando a las detenidas allí, sin baño. Todas trataron de ayudarme y guardaron respetuoso silencio cuando yo lloré un poco esa primera noche.
— Un comentario generalizado es la sorpresa que produce su entereza ante estos hechos.
— No he tenido tiempo de llorar.
Lo hice, un poco también, cuando entré a su cuarto a sacar un flux, una camisa y una corbata para enviarlos a la funeraria. Y cuando entré al baño, que todavía olía a él, a su perfume... Dios, qué cosa. Pero no quiero llorar, me sostiene la indignación.
— ¿Están medicados?
— Tony sí, porque se lo ordenó el cardiólogo, está tomando lexotanil.
Y yo no he tomado ningún calmante.
Me niego a tomar calmantes. Yo quiero mantener mi indignación completa, sin ayudas ni atenuantes.
Interviene Antonio López Acosta y le busca la mano para apretársela:
“Yo sí los estoy tomando porque no quiero que Haydée se quede viuda todavía. Mis baipases están cumpliendo 15 años, lo cual es un riesgo ya bastante grande. En un mes cumplo 70 años.” — Sus otros dos hijos, ¿vinieron a Venezuela al entierro de su hermano?
-No. Por supuesto, ellos querían venir inmediatamente, por su hermano, por nosotros. Pero les prohibimos que lo hicieran porque si a nuestro hijo mayor le pasó eso, no queremos que los otros estén expuestos a algo similar o a que los vayan a detener al llegar al aeropuerto.
— ¿Ustedes han pensado irse también de Venezuela?
— No. Nosotros pertenecemos a este país. Venezuela es nuestro país. ¿Para dónde nos vamos a ir a los 70 años? Yo nunca pensé que iba a decirle a un hijo mío “no vengas a Venezuela”. Y no me hace para nada feliz ver que casi todas las familias de clase media tienen por lo menos un hijo afuera, buscando oportunidades. Jamás he querido que las nuevas generaciones se vayan del país porque éste es nuestro lugar de lucha. Y ahora les dije a mis hijos que no vinieran porque creo que no van a estar seguros aquí.
— Ustedes están, entonces, en riesgo también.
— Claro que estamos en riesgo.
Pero después que mataron a mi hijo, qué más nos pueden hacer.
Quitarnos la vida es nada ahora.
¿Nos van a matar? Háganlo. No nos vamos a ir de Venezuela. Sabemos que estamos en peligro y que nuestra única protección son ustedes, los medios de comunicación. El día que nos llevaron a la PTJ escogieron el camino más largo y más aislado.
Yo le dije a Tony: “Estos bichos son capaces de habernos traído hasta aquí para matarnos”. Y ambos pensamos exactamente lo mismo: “Si nos matan juntos, estamos juntos”. Tenemos 35 años juntos y así quisiéramos morir. Cuando uno es joven tiene miedo a la muerte pero a la edad que nosotros tenemos no. Nosotros confiamos en Dios, sabemos que es justo y misericordioso.
Estos crímenes que no tienen explicación claman a los ojos de Dios. Nosotros creemos firmemente en que habrá justicia divina. La humana puede fallar pero la de Dios es implacable.

